El partido más especial de mi vida

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El otro día fui al Bernabéu tras muchísimo tiempo, ya no me acuerdo cuanto. Soy, como muchos miles de personas en el mundo, aficionado al Real Madrid desde muy pequeñito. Por cuestiones que no vienen al caso no he podido estar en las gradas del coliseo blanco tanto como hubiera querido. Eso sí, nunca olvidaré las remontadas ante el Celtic de Glasgow, el Anderlecht o el Borussia de Moenchengladbach. Tampoco la final de Copa familiar contra el Castilla. Y sé, porque de aquel día no me acuerdo de nada –no sé si por mi mala memoria o por simple amnesia-, que mi debut fue ante el Barcelona de Cruyff y su 0-5.

Hubo otros partidos. Sobre todo en los años de la Quinta del Buitre a los que iba junto a mi gran amigo Paco y nos preguntábamos ¿a cuánto se cotiza hoy el gol? De todos ellos y de otros más, ninguno ha sido ni será como el del otro día.

Fue un partido especial, creo que el más importante de mi vida. No se disputaba un pase a la final de la Champions. Ni era contra el Barça ni contra el Atlético. Ni siquiera estaban en juego tres puntos. El rival era la modesta Cultural y Deportiva Leonesa. La cuestión es que después de muchos años fui al campo con mi padre. Mi progenitor no pisaba el estadio desde hace al menos 40 años. Le tira el blanco, aunque tampoco ha ido a muchos encuentros. Salvo a los pocos que me llevó cuando yo era chico sólo sé que vio la goleada al Sevilla en la Copa de Europa y vivió como el Madrid ganó la Intercontinental al Peñarol.

Va camino de los 90. Aunque hace años dijo que no volvería a pisar el campo, esta vez no pudo decir que no. Fue ayudándose de su bastón. Pero la tierra, es leonés -maragato para más señas-, tira y no pudo decir que no a ver a la Cultu. Fueron muchos los leoneses y descendientes de leoneses los que estuvieron ese día en el Bernabéu. Muchos, aficionados blancos que tenían el corazón ‘partío’.

Pero no fue especial porque fuera mi padre. Fue especial porque fue el primer partido al que iba con mi hijo. Iba a ir el año pasado contra el Cádiz, que hubiera sido también especial porque mi mujer es de allí. Pero no pudo ser. Y perdonénme, pero en mi caso, casi hasta agradezco que no se jugara aquel partido.

Y ahí nos ven, tres generaciones en la grada. No sé cuál de los tres era más feliz. A ellos se les veía en los ojos, brillantes como pocas veces lo han estado. No fuimos los únicos. En el campo y en los aledaños vi varios casos. No sé si también para el pequeñajo de aquellas familias también era su primer partido acompañado de su padre y de su abuelo. Gente que como nosotros aprovechó este partido, por horario y por entradas asequibles, para disfrutar de un día tan especial. Sólo por eso merece que la Copa siga con su actual formato.

Lo mejor de todo es que a partir de ese día mi niño, que tiene un oído especial, no deja de tatarear el himno de Plácido Domingo. Me sonrió al escucharle y recuerdo cuando con cuatro años, en el departamento de deportes de un centro comercial, se dirigió ávido hacia una camiseta a rayas sin ninguna lista blanca. Se me encogió el corazón, aunque comprendí que para un enano de esa edad los colores sean más llamativos que el blanco inmaculado.

No sé si dentro de unos años mi hijo recordará cuál fue su primer partido. Para refrescarle la memoria tiene una bufanda conmemorativa. Yo siempre lo recordaré como el partido más especial.

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